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jueves, 5 de septiembre de 2013

La importancia del primer ejecutivo



Cualquiera de los criterios de valoración o comparación que se utilicen situarán a Microsoft entre las mayores sociedades cotizadas del mundo. Cualquier circunstancia que afecte a su organización y resultados tiene una importancia proporcional a ese hecho. En especial cuando se trata de cambios en la máxima responsabilidad ejecutiva, como los derivados del anuncio realizado a finales del pasado mes con relación a la marcha de su CEO, Steve Ballmer. Este es el anuncio realizado por Microsoft, que describe mucho más que una decisión relativa a ese cargo y que, por ello, me parece una lectura recomendable para cualquier interesado en el gobierno corporativo. Porque lo que se anuncia es una marcha futura (dentro de los siguientes doce meses) y se explican los pasos adoptados por el consejo de administración para la búsqueda de un sucesor de Ballmer. 


El anuncio y los hechos y comentarios posteriores me animan a compartir algunas reflexiones, asumiendo por supuesto que las normas y criterios que puedan resultar aplicables a situaciones de esta naturaleza en una sociedad cotizada estadounidense no son de plena aplicación a sus correspondientes españolas o europeas.

Como primera consideración  me interesa subrayar el procedimiento. Es el consejo el que pasa a primer plano como el responsable de buscar a un nuevo CEO. Explican cómo lo van a hacer, qué consejeros son responsables de esa labor y, además, el asesoramiento que utilizan. Cuando se habla de candidatos externos e internos se abona la idea de que existe un genuino mercado de CEOs que explica muchos aspectos de la función y vinculación contractual que se establece entre éstos y las sociedades cuya dirección se les encomienda.

La segunda circunstancia pretende ser elogiosa, aunque no estoy seguro de que lo sea. Me refiero a la que podríamos describir como sucesión ordenada que, dicho sea de paso, se da con frecuencia en las grandes empresas. La sucesión de un consejero delegado o primer ejecutivo por alguien que hasta entonces participaba en la dirección de la sociedad aporta continuidad, lo que merece una valoración positiva en situaciones de normalidad. Ahora bien, en situaciones difíciles, a la cuestión que nos ocupa cabe aplicar aquello de “a grandes males, grandes remedios”. No tiene sentido mantener en una transición de meses a un gestor con el que no se está satisfecho. Sin entrar a valorar la gestión de Ballmer en Microsoft –porque no tengo capacidad ni conocimientos para hacerlo (la red está plagada de opiniones que valoran la gestión de Ballmer y apuntan lo que su sucesor “debe” hacer)- me llama la atención la euforia bursátil con la que se recibió su marcha. Todos los medios coincidían en destacar el alza del valor bursátil de las acciones al hilo de ese anuncio. Los accionistas parecían celebrar que se marche el actual CEO, que de paso ha sido uno de los grandes favorecidos por esa cotización dada su condición de accionista significativo de Microsoft.

Para terminar, la tercera reflexión apunta a la incidencia que casos como el que comento tienen para entender la importancia que tiene la figura del consejero delegado y la necesidad de entender esa función desde todos los puntos de vista, entre ellos el jurídico. Porque de las dos anteriores ideas se deduce que el CEO se convierta en un activo o en un problema. Cualquiera de las situaciones impide ignorarlo. No es un administrador más. Esa singularidad explica, por ejemplo, su retribución. Explicar no es justificar. Sirve para entender algunas prácticas retributivas: “golden hellos”, indemnizaciones exorbitantes, retribuciones en especie. No va a sustituir a Ballmer una persona que no tenga ya una mínima experiencia y una trayectoria reconocida. Habrá que prestar atención a los acontecimientos. 

Madrid, 5 de septiembre de 2013