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miércoles, 29 de julio de 2015

Renunciar a los mejores y tratar de explicarlo



¿Es razonable que una empresa de servicios profesionales convierta en una de sus líneas de actuación la renuncia a captar a los graduados en esa actividad profesional por las Universidades más prestigiosas? ¿Es razonable que un despacho de abogados estadounidense renuncie a los graduados de las Facultades jurídicas de la Ivy League y a los de otras Universidades de similar fama? La cuestión la planteó la argumentación que en tal sentido publicó el responsable y fundador del despacho indicado a través de una columna en The Huffington Post, titulada Why We Do Not Hire Law School Graduates from the Ivy League Schools, cuya lectura recomiendo a los interesados en el asunto. 


Esa columna ha aportado a su autor mucho más que los cinco minutos de fama que se dice que a todos nos corresponde. Repudiar a los graduados de las Facultades de Derecho de Harvard, Yale et al garantiza que la atención no sólo especializada, sino informativa se concentre en el autor de esa iniciativa basada en alejarse de lo que es un modus operandi del resto de firmas profesionales. Aquí va una primera reacción en el influyente Law Blog de The Wall Street Journal. Otra en Expansión.

La explicación que ofrece el autor sobre la selección de nuevos abogados por su bufete tiene algunos puntos comprensibles y otros que no lo son en absoluto. Entre estos últimos transcribo el siguiente:

“Secondly, many of these law schools either fail to rank their students or do not even grade them at all. (1) Ergo, the students have no incentive to work hard and learn when they have guaranteed summer associate positions and guaranteed job offers. Their students typically have no incentive to get the best grades in their classes. They also have no incentive to squeeze as much learning as possible out of the law school experience. Most importantly, the real world simulation of dealing with the pressures of a case or deal may be removed when the students do not need to compete for a job in a difficult market”.

Toda generalización se dice que es injusta. Decir que ni uno sólo de esos graduados resulta un candidato elegible para ese despacho por falta de espíritu competitivo me parece una exageración. Como no se puede argumentar con respecto a los méritos individuales de cada uno de los candidatos refrendados por tan ilustres Facultades, su repudio se basa, según el autor, en la forma de enseñar y preparar a sus estudiantes. No sólo con respecto a lo que sucede en una Facultad, sino en todas las que ocupan una posición de liderazgo en la escena jurídica.

No tengo capacidad ni conocimientos para debatir sobre la formación de los estudiantes de Derecho en Estados Unidos. Creo que en esa experiencia hay aspectos interesantes, lo que explica que en la próxima edición de nuestro Seminario Harvard-Complutense, prevista para el próximo mes de septiembre, una de las ponencias anunciadas es la del Profesor David Kennedy bajo el título “Teaching Law at the Harvard Law School: experiences and comparative perspective”. Una ponencia que nos servirá para conocer mejor esa formación académica.

Tampoco soy imparcial al valorar lo que significa la Harvard Law School. Como muchos de mis compañeros complutenses y otros tantos juristas españoles que nos han acompañando en las sucesivas celebraciones del citado Seminario (que este año alcanza su decimotercera edición) y en otras estancias o actividades, he tenido la suerte de conocer con algún detalle lo que significa estudiar en esa institución, que es algo que recomiendo  a cualquiera, comenzando por los graduados españoles que encontraran en el Real Colegio Complutense una plataforma extraordinaria y privilegiada para acercarse a esa experiencia. Por eso me parece que el artículo de Bailey desbarra cuando afirma:

“Fourth, these students may become a United States Supreme Court Justice or a future President of the United States so political theory and international law and classes on capital punishment may be extremely important to them. However, we need our street lawyers ready for battle and taking trial practice, corporations, tax, civil procedure and any real estate and litigation course offered”.

Es cierto que el Presidente Obama es actualmente el graduado de Harvard Law más conocido. Y que también el Presidente del Tribunal Supremo, John Roberts, pasó por sus aulas, como en una reciente entrada recordaba el ya citado Law Blog para contraponer –en una suerte de evocación de las paradojas de la vida- que dos estudiantes que en su día compartieron las aulas hayan tenido suertes tan dispares que permiten titular: Man Who Went to Law School With John Roberts Now Homeless, o describir cómo el alumno desafortunado se topara con otro ex compañero como magistrado que le enjuiciaba.

Observo en algunas reacciones una sugerencia malévola: el autor de la provocadora columna lo que está es, simplemente, haciendo de la necesidad virtud. No contratan a graduados de origen académico “aristocrático” porque ninguno de ellos se ha planteado nunca trabajar en su bufete. Es lo que termina sugiriendo esta opinión tomada de Fortune:

“Of course, it’s not entirely clear what came first, Leitman’s aversion to Ivy League grads or their disdain for Leitman. In the post, he also admits, “The top students from these law schools have no interest in applying for a job at our firm”.

Más allá de trayectorias individuales, una de las prácticas de las Facultades estadounidenses que debemos aprender en las nuestras es el seguimiento de los graduados. Un seguimiento que comienza por su acceso al mundo laboral: como puede verse, la HLS facilita información detallada de la integración profesional de sus ex alumnos.

Madrid, 29 de julio de 2015