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jueves, 27 de junio de 2013

Empresa familiar (I)



La relación entre empresa y familia ha sido analizada desde perspectivas muy diversas. La razón es simple: nos hallamos ante una realidad que está en el centro de la actividad económica en las sociedades contemporáneas. No se trata aquí de evocar, por ejemplo, la Literatura o el Cine, que se han ocupado profusamente de esa relación, sino del tratamiento que la misma ha tenido por parte de las Ciencias sociales y,  en especial, desde la perspectiva del Derecho mercantil. Éste, como un ordenamiento que sitúa la figura del empresario (¿emprendedor?) en el centro de su atención, nos ofrece una pluralidad de problemas y, también, algunas soluciones que, sin haber sido diseñadas para la empresa familiar en cuanto tal, encuentran en ésta un campo esencial de aplicación. 


La empresa familiar es un catálogo de problemas y otro de sus correspondientes soluciones. De ambos tratamos no hace mucho en un coloquio universitario y profesional, en el que la observación compartida fue que en la empresa familiar parece que los problemas fundamentales se repiten a pesar de la diferente configuración, tamaño o actividad que la acompaña en cada caso. La percepción que quedaba era que cuantos más casos se citaban, más sencillo resultaba reconducir los conflictos analizados a categorías concretas.

Esa impresión, probablemente imprecisa y susceptible de ser rebatida, es la que me anima a dedicar algún espacio al tema, que resulta tan amplio que cuesta enunciarlo. Se trata de analizar sin rigor alguno episodios habituales y conflictivos que nos encontramos en la información económica o en la observación académica y profesional e intentar de ordenar algunas reflexiones en relación con ello.

Ruego al lector que no sea exigente, ni siquiera a la hora de fijar el punto de partida. ¿Qué es una empresa familiar? En principio, salvo ulteriores matizaciones, lo que diga en esta y futuras ocasiones debe entenderse referido a empresas de distinto tamaño, en fases diversas de su existencia en las que la presencia de una familia condiciona su funcionamiento. Al respecto, los comentarios jurídicos se entremezclan con otros de la más diversa y dispersa procedencia. Al fin y al cabo, lo que hace interesante a una empresa familiar es su capacidad de reflejar las pulsiones surgidas de reacciones humanas frecuentes y basadas con frecuencia en la emoción, que se contraponen a los principios de organización y funcionamiento de una empresa.

En las empresas familiares es incuestionable que los conflictos surjan. La duda es cuándo y por qué. Lo interesante es la solución que se dé en cada caso. O la que no se dé. Hay empresas familiares que no pueden evitar convertirse en protagonistas de la información, al tiempo que otras son capaces de dirimir sus cuitas sin que trasciendan al exterior. Como sucede en cualquier familia.

Esta primera entrada sobre el tema parte de una asunción fundada en esos conflictos habituales: el carácter polémico que acompaña a la empresa familiar. Tal carácter supone la capacidad de acoger en su seno conflictos de especial intensidad y, al hilo de una descripción de las distintas categorías de "casos" que los ilustran, abordar la pregunta fundamental. Se trata de analizar si el ordenamiento mercantil y, en particular, el Derecho de sociedades, son capaces de descartar o, al menos, atenuar, esos conflictos. Al igual que la empresa familiar se caracteriza por una forma de organizarse y representarse, no debe sorprender que se consolide una forma de dotarse de perfiles jurídicos propios. Cuestión distinta es que éstos resulten eficaces en todo caso.

La ordenación jurídica de la empresa familiar es un intento racional de someter el funcionamiento de esa empresa a reglas que aseguren su funcionamiento de acuerdo con principios de eficiencia. Se trata de proteger a la organización empresarial de las vicisitudes, previsibles o no, que suelen acompañar a la propia vida familiar. Pues bien, en este punto inicial se advierte ya la dificultad de ese propósito. Una dificultad que nace de intentar conciliar dos elementos antagónicos. La racionalidad del Derecho se enfrenta a la irracionalidad que con frecuencia acompaña a los conflictos familiares. Éstos surgen por las causas más variadas. El problema viene cuando los conflictos se ventilan en el seno de la empresa, sino en su totalidad, sí en buena parte. Más aún cuando lo que es una discusión entre parientes se convierte en conflicto entre gestores o titulares del control de la sociedad. De ahí la importancia de que quienes asumen esas funciones empresariales, tengan presente la trascendencia que para terceros tiene solucionar lo que se corre el riesgo de ver como un asunto interno de la familia.

La organización de una empresa arranca con la imprescindible selección de los miembros de la familia que deben implicarse en su gestión. No todos pueden o quieren  participar en la misma, o ni siquiera todos pueden terminar participando económicamente en la marcha de la empresa. Incluso, la presencia en la empresa de todos los miembros de la familia puede no ser suficiente para descartar que estallen esos conflictos, que en ocasiones tienen un origen realmente absurdo, que hacen inexplicable el nivel de encono personal que se alcanza y que, ante la perplejidad de cualquier observador imparcial, lo que inicialmente parecía una anécdota puede terminar por amenazar la marcha de la empresa y la tutela de los muchos intereses vinculados con la misma, al margen de los de la propia familia. Esa contradicción es la que anima a la aproximación al estudio de la empresa familiar: la capacidad de la razón -la jurídica, animada por la económica- para domeñar los efectos de la pasión que con frecuencia acompañan el desarrollo de la vida en una misma familia. Supongo que un lector atento habrá advertido que he reiterado la reflexión de que lo que sucede en la empresa es lo mismo que suele suceder en el seno de la familia.

Algunas crisis familiares se gestan y estallan por las cuestiones más baladíes. Quien se siente postergado en la organización de la empresa o, en su criterio, padece una inaceptable discriminación, no tardará en encontrar motivos para desatar un enfrentamiento. Un conflicto que dista de ser un asunto ausente de consecuencias, puesto que puede terminar por amenazar la continuidad en la empresa, en la administración o en el capital, de los agraviados o por impulsar la expulsión de “los otros”. En esa situación, las relaciones familiares pasan a un segundo plano y ceden ante los citerios propios de tantas empresas: la vigencia de la mayoría en el capital socal, las alianzas entre unos y otros grupos, el intento por separar a los administradores y sustituirlos, etc. Las pasiones y los afectos, los rencores y las coincidencias no desaparecen, sino que pasan a tener una formulación más hábil y ordenada, consecuencia de la irrupción de los abogados y expertos que acuden en apoyo de cada bando. En suma, la lucha familiar se convierte en una descarnada pugna por el control del poder corporativo. Ambos planos están íntimamente relacionados y se condicionan recíprocamente. 

En esa pugna reaparecerán los demonios familares: las afrentas presentes o las que afectaban a las generaciones anteriores, afinidades y antipatías que se remontan a relaciones personales, al margen de la marcha de la empresa, reproches en todas direcciones sobre la mayor o menor contribución a la empresa, deudas históricas, revanchas largamente esperadas, etc. Ese enfrentamiento sentimental (visceral dirán algunos) en su motivación tiene consecuencias que exceden a los actores. Unas previsibles y otras incontrolables. Entre las primeras, que la crisis familiar terminará pasando factura a los recursos de la empresa que serán utilizados de una u otra forma para favorecer la paz: la sociedad comprará parte o la totalidad de las acciones de la rama saliente o éstos recibirán cualquier otro tipo de compensación a partir de recursos de la sociedad.

El día de la firma y ejecución de esa separación las partes compartirán una sensación agridulce: de alivio por lo obtenido, de separación, de fin de etapa. Es posible que ambas sensaciones no las compartan por igual. Los que se van habiendo obtenido una compensación económica (¿un pelotazo?) no lamentarán, al menos por el momento, alejarse de la empresa familiar, lo que suele traducirse a la vez en un distanciamiento de la otra parte de la familia. Los que se quedan, respirarán aliviados por quedar liberados de la cotidiana contienda con los parientes y ex socios, a la vez que albergarán alguna preocupación por la recomposición del patrimonio empresarial tras haber servido para solucionar el lío familiar. Ambas partes compartirán con probabilidad una doble incertidumbre: si el origen familiar del conflicto se corresponde con las consecuencias que ha terminado soportando la empresa y la incertidumbre ante el futuro que para todos resulta de la solución adoptada. 

Madrid, 27 de junio de 2013