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lunes, 7 de julio de 2014

La enfermedad del presidente



La noticia de la enfermedad del Presidente de JP Morgan me anima a retomar la cuestión desde el punto de vista del gobierno corporativo. Jamie Dimon anunció que padece cáncer y remitió al conjunto de los empleados de la entidad un e mail que incluía en versión española Pablo Pardo en su sugerente   columna de El Mundo que tituló JP Morgan y la mortalidad del directivo. En ella se recogen algunos antecedentes relativos a lo vivido en otras grandes empresas, y a la relación entre la enfermedad de sus principales ejecutivos y la cotización de sus acciones.  Así pues, el hecho que ahora afecta al primer banco norteamericano dista de ser nuevo, pero vuelve a plantearnos los mismos interrogantes que, a pesar de ser sin duda interesantes, por repetidos no reclaman particular desarrollo. 


Como dejé apuntado en una anterior entrada (desde la que se puede acceder a otras sobre el mismo asunto) al hilo de la enfermedad de Steve Jobs y de la experiencia de Apple, los problemas principales que se advierten parten del conflicto entre la intimidad personal y la información societaria.

La legislación reclama de una sociedad cotizada que comunique al mercado toda la información relevante (su significado trata de definirlo el artículo 82.1 Ley del Mercado de Valores). Cuando en una entidad la persona de su presidente o de su consejero ejecutivo son vistas como parte esencial de la marcha de la entidad, todo lo que pueda afectar al primero se dirá que es relevante para la segunda. La pugna entre el derecho a la intimidad en un aspecto tan evidente y el derecho de información de los accionistas e inversores parece decantarse a favor del último. Esta tendencia debe tenerse en cuenta por los afectados pues plantea un coste evidente para los protagonistas del liderazgo empresarial.

Es una tendencia que, sin embargo, nunca puede ignorar la vigencia de un derecho fundamental. No podemos admitir que el ejecutivo afectado tiene el deber de informar sobre su salud. Puede hacerlo, como en el caso que motiva esta entrada, si considera que la transparencia al respecto es lo conveniente para la continuidad de la gestión (la histeria de los mercados no debe llevar a pensar que de la suerte de una sola persona dependen entidades del tamaño de JP Morgan), para que ésta se desarrolle con normalidad y para descartar rumores.  Quien lea el comunicado de Dimon puede que se sorprenda por la detallada información que facilita. Por otro lado, cabe considerar que es un comportamiento diligente: se anuncia la continuidad a partir de la previa decisión del consejo de administración y explicando la confirmada compatibilidad entre el tratamiento médico y la gestión de la entidad.

El problema para Dimon es que esa opción le va a obligar a seguir informando. A seguir compartiendo la evolución de su enfermedad y su deseable recuperación con una multitud de personas a quienes no conoce. Es la parte más dura del liderazgo de las grandes corporaciones y la que explica que cada vez se desarrollen más las previsiones en materia de sucesión en el seno de un consejo de administración.

Madrid, 7 de julio de 2014